Rompiendo Vasijas

Apr 18, 2021

Tengo una historia para contarte de alguien que se encuentra en lugares menospreciados.

En realidad, la mayoría de las historias Bíblicas parecen comenzar con los rechazados, despreciados o simplemente olvidados. Un Moisés tartamudo, una Rut inmigrante, un joven David y una María adolescente. La lista es larga.

Un hombre llamado Gedeón se encaja bien en esta lista. Era el hijo menor de la tribu más humilde de Israel durante una época en la que sus vecinos los atacaban. Su tiempo de abandono, hambre y miedo fue evidente por el lugar en donde Gedeón trillaba su trigo. En vez de hacerlo al aire libre, donde el espacio y la brisa podrían facilitar su trabajo, Gedeón se escondió dentro de un lagar, demasiado asustado por sus enemigos como para salir.

Pero ese lugar de miedo y escondite fue donde Dios le habló a Gedeón y lo llamó para un propósito mucho mayor de lo que él podría haberse imaginado. Dios quería que Gedeón rescatare a su pueblo de la opresión en la que habían caído, y mientras Gedeón luchaba contra sus miedos e inseguridades, el Señor esperó pacientemente a que se convenciera de que realmente Dios le habló. Después de probar al Todopoderoso a través de dos señales milagrosas, Gedeón finalmente accedió a escuchar y obedecer. Quemó los altares paganos y formó un ejército de hombres listos para luchar contra las tribus vecinas acampadas alrededor de Israel.

Pero antes de partir, Dios sorprendió a su flamante general con un cambio de planes.

El SEÑOR le dijo a Gedeón:“Tienes demasiados guerreros contigo. Si dejo que todos ustedes peleen contra los Madianitas, los Israelitas se jactarán ante mí de que se salvaron con su propia fuerza”.  (Jueces 7: 2)

Y así no más en el primer día, 22.000 hombres dejaron a Gedeón y se fueron a casa.

Me puedo imaginar el pánico de Gedeón cuando se dio cuenta que solo 10.000 hombres se habían quedado con él. Y, sin embargo, Dios dijo: “¡Todavía hay demasiados!” Así que otros 9.700 fueron enviados de regreso a casa. De un ejército de 32.000 hombres, Gedeón ahora se encontraba con apenas 300. ¡Qué posición tan vulnerable para un general joven y sin experiencia! Gedeón estaba asustado e inseguro, a punto de enfrentarse a un ejército tan grande que parecían langostas descendiendo sobre un valle. Pero Dios mostró Su misericordia hacia Gedeón y le dio la oportunidad de renovar una vez más su confianza en Él.

Esa noche en la oscuridad, los 300 hombres rodearon el campamento enemigo. En silencio, se formaron a su alrededor con una trompeta en una mano y una vasija de barro en la otra.

Gedeón había ordenado a cada hombre que encendiera una antorcha y la escondiera dentro de una vasija de barro. Tras su señal, los Israelitas debían romper las vasijas, dejar brillar las antorchas, y tocar sus trompetas. Cuando los Madianitas se despertaron asustados por los sonidos y los fuegos ardientes que los rodeaban, se volvieron pasmados y desorientados. Se atacaron entre si con sus espadas, y los que sobraron de ellos se esparcieron por las colinas siendo perseguidos por los Israelitas.

Esa luz que se encontraba escondida dentro las vasijas últimamente fue el objeto que les trajo la gran victoria, y trescientos hombres derrotaron a un ejército demasiado grande para contar.

Leemos historias como estas con fe y asombro, pero luego ¿Por qué será que empezamos a creer que podemos garantizar nuestras victorias por nuestros propios medios?

Una y otra vez, Dios deliberadamente quiere mostrarnos Su gloria y Su poder, pero nosotros le decimos “¡Espera un momento! Mi problema, circunstancia o angustia es algo que necesito resolver yo mismo.”

Así como Gedeón, tenemos miedo de perder el control y arriesgar confiar en un Dios cuyas respuestas y resultados no siempre se alinean con los nuestros.

Es difícil someterme cuando sé que no soy yo la protagonista de esta historia.

Pero vivimos en un mundo donde las vasijas se rompen todo el tiempo. Dondequiera que miremos, el sufrimiento nos rodea. Ya sea una relación fallada, una adicción, un diagnóstico médico o la pérdida de un ser querido, esta frágil arcilla que rodea nuestras vidas se va a romper. Y probablemente más de una vez.

Entonces – si llega ese momento en que se rompe tu vasija…..

No.

Cuando llegue el momento en que se rompa tu vasija…. ¿Qué encontrarás adentro? ¿Brillarás como esas antorchas brillaron durante la noche oscura, declarando su confianza en un Dios que permanece fiel? ¿O estará atenuada tu luz por los miedos y preocupaciones de este mundo?

Una vez más te pregunto: ¿Qué es lo que encontrarás?

Cuando mi único hermano joven y lleno de vida murió en un accidente automovilístico hace 6 años, mi primera vasija se hizo añicos. Y mientras aprendía a navegar mi vida sin él, encontrando alegría en medio del dolor, recibí un diagnóstico de cáncer y pasé un año agotador lleno de escáneres, cirugías, quimioterapia y radiación. Otro frasco voló al suelo duro, y no había cumplido mis 34 años. Las vasijas rotas me rodean.

Y la comprensión de que esta vida mía – esta frágil existencia podría volver a derrumbarse sin previo aviso ha sido suficiente para dejarme con dudas y decepciones en un Dios que continúa permitiéndome tal sufrimiento. No tengo ninguna garantía de que otra de mis vasijas no se rompa en pedazos. No importa que sea joven, o que me haya mantenido fiel en mi fe, o que ya haya sufrido bastante y le toque a otro el karma malo. No tengo ninguna garantía de que mi esposo no se muera, mi hijo no se enferme, o que mi Oncólogo no me diga que mi cáncer ha regresado.

El temor puede ser demasiado paralizante cuando vives a la luz de todas las cosas terribles que podrían ocurrir. Nuestra visión limitada – nuestros ojos humanos solo pueden ver hasta cierto punto, y esas vistas a menudo están nubladas por el miedo y la duda de lo desconocido.

Pero escúchame por favor.

El problema en vivir una vida escondida dentro de una vasija es que la gloria de Dios no puede ser revelada.

La luz no puede brillar, las victorias no se pueden ganar, a menos que se rompa la vasija.

Pero nosotros mismos somos como frágiles vasijas de barro que contienen este gran tesoro. Esto deja bien claro que nuestro gran poder proviene de Dios, no de nosotros mismos. Por todos lados nos presionan las dificultades, pero no nos aplastan. Estamos perplejos, pero no caemos en la desesperación. Somos perseguidos, pero nunca abandonados por Dios. Somos derribados, pero no destruidos. (2 Corintios 4:7-9)

Queridos, Dios no causa nuestro sufrimiento, pero lo permitirá y obrará a través de él.

Estos últimos años me he sentido afligida, perpleja y abatida. Pero nunca me prometieron una vida sin dificultad. Al contrario….ser humano es saber lo que se siente sufrir. Porque nuestro mundo, la humanidad, y la historia de redención nunca han dependido en nuestro constante estado de felicidad y contentamiento. Nosotros no somos los protagonistas de esta historia.

Por lo tanto, ya que fuimos hechos justos a los ojos de Dios por medio de la fe, tenemos pazcon Dios gracias a lo que Jesucristo nuestro Señor hizo por nosotros. Debido a nuestra fe, Cristo nos hizo entrar en este lugar de privilegio inmerecido en el cual ahora permanecemos, y esperamos con confianza y alegría participar de la gloria de Dios. También nos alegramos al enfrentar pruebas y dificultades porque sabemos que nos ayudan a desarrollar resistencia. Y la resistencia desarrolla firmeza de carácter, y el carácter fortalece nuestra esperanza segura de salvación. (Romanos 5: 1-4)

Son las vasijas rotas – el sufrimiento – lo que produce perseverancia, firmeza de carácter y esperanza de salvación. Dios nos ama profundamente. Es un Padre que da buenos regalos a sus hijos. Pero jamás nos aseguró que al seguirle nos daría una vida fácil y confortable.

Porque, ¿En quién vamos a buscar esperanza si nunca hemos conocido la desesperación?

Dios está más preocupado por nuestro carácter y estado eterno como para dejarnos sin un anhelo profundo por lo que tiene reservado para nosotros.

Entonces, sea lo que sea que estés enfrentando ahora o puedas enfrentarte en el futuro; cualquier vasija rota que tengas en tus manos; quiero decirte que no es por nada.

Te escribo estas palabras a las 4 de la mañana, mientras aguanto otra noche de insomnio debido a mi quimioterapia. Me siento frente a ti con la cabeza calva y cicatrices en el pecho y el corazón, recordando todo lo que he perdido y todo el dolor por el que he tenido que caminar.

Y mientras las lágrimas caen de mi rostro, una vez más por milésima vez tengo que elegir entregar mi voluntad, mis deseos y mi dolor a un Dios cuyas promesas son dignas de sufrir.

Porque los momentos débiles no equivalen a una fe débil. Nunca dejes que esa mentira te acompañe.

Puedes elegir vivir una vida como la del Buda, tan disgustado con la idea del dolor y el sufrimiento que dejó a su familia, se subió a un árbol y se despegó de todo lo que pudiera causarle dolor.

O puedes elegir vivir como Jesús, el Dios que tomó la forma de un hombre, sintió hambre, dolor y pérdida hasta el punto de dar su propia vida por un amor profundo e incondicional. No quiso el cielo sin nosotros, y eso valió la pena pagar el precio más alto.

Así que, una vez más, entregamos todas nuestras esperanzas y planes, todas nuestras alegrías y dolores al Dios-hombre que justifica nuestra fe solo a través de la gracia. Y es esa gracia la que produce perseverancia, carácter, y esperanza en un mundo quebrantado en camino a la redención. Estamos esperando al Nuevo Edén, y sea lo que sea en esta vida temporal, nuestras vasijas rotas no son destinadas a ser fragmentos de dolor. Mas bien, llevamos vasijas designadas a quebrar para ser luces alumbrantes brillando frente a un Alfarero que tomará nuestros pedazos rotos y creará algo nuevo de ellos.

Hi! I’m Amy…

I am a stay-at-home mom with a passion for books, baking, gardening and homeschooling. My calling to write stems from the desire to share the depths and vastness of grief and suffering, and how to point it back towards an eternal perspective through Jesus. Called to live full and grace filled lives, I hope to acknowledge pain, inspire joy through brokenness and find purpose in the beauty, the ugly and the mundane of parenting day to day. 

My husband, Ryan, and I live in Charleston, SC with our 4 busy boys, 2 dogs and constant influx of tadpoles, frogs, crayfish and lizards.