Extraño al Pueblo

Nov 24, 2021

El invierno que cumplí mis 26 años, yo era una madre agotada de un niño travieso y un bebé que jamás quería dormir. Mis días comenzaban a las 5 de la mañana durante ese invierno largo de Pensilvania cuando el sol parecía ocultar su rostro y el frío glacial nos encerraba en nuestras casas. Nuestros desayunos a menudo se sentían como una merienda de medianoche, y la alegría era difícil de conseguir mientras revolvía lentamente los huevos revueltos; un bebé en mi cadera y un cachorro lloriqueando para jugar.

Durante esta temporada de nuestras vidas, mi esposo y yo habíamos tomado la decisión de buscar una transferencia de trabajo a través de su empresa para mudarnos a la ciudad de Charleston, SC. La emoción era contagiosa, y las promesas de palmeras, playas y sol sonaban soñadoras a la vista de la aguanieve y la lluvia.

Pero las preocupaciones de las transiciones y los cambios me llegaban en oleadas. Después de todo, estaríamos vendiendo nuestra casa, arrancando nuestras vidas y mudándonos a una ciudad lejana donde no conocíamos ni una sola alma. Sería un paso valiente y arriesgado, y ambos lo sabíamos.

Una tarde común, mientras hacía las mismas cosas insignificantes que hacía todos los días de la semana, tomé un descanso para leer unos comentarios en el Facebook. Me “gustaron” algunas fotos y le envié un mensaje a una amiga cuando de repente una publicación me llamó la atención. El título del blog que se compartió era simple: “Extraño al pueblo”.

Hice clic en el enlace y, a la mitad del primer párrafo, me estaba limpiando las lágrimas de la cara. Terminé y volví a leerlo, esta vez con ojos más claros, desesperada por capturar una vez más las imágenes que se formaban en mi mente. La autora del articulo nos pintaba un cuadro nostálgico de un pueblo al que nunca tuvo el privilegio de conocer. Ella escribía acerca de niños felices jugando libremente por el pueblo, amados y criados por una comunidad que los conocía bien. Los términos de familia y amigos eran intercambiables debido a los momentos de conexión mutua. Momentos de alegrías y tristezas eran compartidos junto a las lavanderas y los fuegos de leña. Las mujeres horneaban pan juntas, mientras compartían sus corazones, y los lazos generacionales aún no se habían quebrantado por la independencia y la autosuficiencia.

Suspire lentamente. Qué colección más hermosa de vidas bien vividas.

Cuando finalmente terminé de leer el artículo, copié el enlace y se lo envié a algunas de mis amigas más cercanas, la mayoría de las cuales ahora ya vivían en otras ciudades. Y tal vez fue el cachorro arruinando otro juguete, o el temor de otra noche de insomnio con él bebe. Quizás fue la nostalgia de dejar las amistades que me había llevado años construir, o mi propia familia que vivía en el extranjero.

Quizás fue todo eso y más.

Pero después de cerrar el enlace y dejar las imágenes en reposo, entré a mi cocina vacía y lloré.

Lloré, porque el pueblo al que esta autora se refería, era solo una imaginación para ella, pero había sido una realidad para mí.

Porque hace una vez, yo fui una niña que corría libre y despreocupada, despertándome al sonido de gallos y bandadas de loros volando sobre los árboles.

Yo era la niña que andaba descalza por calles de tierra, desapareciéndome en los campos y las casas de las mujeres que me criaron.

Me sentaba junto a las bandejas y escuchaba los cuentos de las lavanderas. Pelaba yuca y molía arroz en las cocinas que olían a jatata y humo. En una tierra donde mis antepasados ​​nunca vivieron, tenía 5 abuelas y 18 tías que me amaban como si fuera suya. Mis bocadillos se recolectaban arriba en los árboles de mango, guayaba y tamarindo, y cuando llegaba la hora de comer, me alimentaban en la cocina donde más cerca me encontraba. Nadaba en lagunas con patujú y palometas, y las canoas duras y fuertes nos llevaban a pasear. El canto de las ranas y la puesta del sol fueron lo que finalmente me forzaban a mi casa, sucia y cansada con historias del día y planes para el mañana.

Me crie en un pueblo. Yo era el pueblo. Y el pueblo era parte de mí.

Y ahora, años después aquí me encontraba, encerrada en los espacios delimitados por mis muros, deseando volver al pueblo. Claro que amaba mi vida. Me sentía agradecido y feliz; mis necesidades estaban satisfechas, mis metas cumplidas. Pero en el fondo sabía que había perdido un regalo raro y precioso que ahora solo vivía en la mente de aquellos que reconocían su valor y lo deseaban.

Porque lo hayas visto o no, todos anhelamos volver al pueblo.

Vivimos en una época donde el valor se mide por la individualidad, pero en realidad anhelamos la unidad de semejanza.

Nuestra autosuficiencia es valorada como éxito, pero dentro nuestro anhelamos depender en algo más grande que nosotros mismos.

Y aunque ahora vivimos en un mundo donde el aislamiento es valorado, nos duelen los cuerpos, desesperándonos por un cogido de la mano y el enlace de los brazos. Por el roce de espaldas y la calidez de un beso en nuestra mejilla.

Anhelamos la interrupción de horarios ordenados y el poder compartir comidas sobre mesas imperfectas.

Anhelamos regresar al pueblo, pero apagamos sus fogatas mientras nos convertimos mas en individualistas que no dependen en los demás.

Nuestros intentos de llenar el vacío dentro nuestro solo nos dejan con anhelos. Porque no queremos las interrupciones, y la dependencia en otros seres humanos nos hace sentir débil.

Intercambiamos la comunidad orgánica y real con programas e instituciones ordenadas que carecen de empatía y conexión.

Extrañamos al pueblo, pero no queremos el desorden que la vida de pueblo nos traerá.

Pero mira lo que hemos cosechado debido a nuestra aislación:

  • El 19% de nuestros jóvenes tienen depresión.
  • Doscientos sesenta y cuatro millones de personas alrededor del mundo sufren de ansiedad, y las mujeres tienen casi el doble de probabilidades de ser diagnosticadas.
  • El suicidio es la décima causa principal de muerte.
  • Casi la mitad de los matrimonios terminan en divorcio.

Si esos números no te asustan, deberían hacerlo.

Y aunque los problemas sociales son a menudo multifactoriales, la conclusión es que una gran parte de nuestro quebrantamiento e incapacidad para funcionar bien como individuos gira en torno hacia nuestra falta de conexión y comunidad.

Así que entonces, en un tiempo y un lugar de llamas apagadas, ¿cómo? (me puedes preguntar) es que lo reconstruimos todo?

La geografía y las normas culturales luchan contra nosotros y el poder encontrar al pueblo se nos hace más difícil que nunca.

¿Cómo pudo una niña criada en un pueblo encontrar su camino de regreso a casa?

En ese momento cuando me encontraba en mi cocina hace todos esos años atrás, me di cuenta de que el pueblo que anhelaba nunca se me volvería a mí. Yo no estaría subiendo a un avión, volando a las selvas de mi amada Bolivia y retomando la vida que dejé hace tantos años atrás.

Si quisiera un pueblo, lo tendría que buscar dondequiera que estuviera.

Ese mismo día comencé a orar que Dios me dé un pueblo y decidí que no esperaría a que ese pueblo se viniera a mí.

Seis meses después, nos habíamos mudado a Charleston y me encontraba tarde en la noche compartiendo una bandeja de helado con mis nuevas amigas amadas. Apreciamos todas esas noches juntas como tiempos sagrados. Yo así de poco, paso a paso, me convertí en el pueblo.

Y cuando murió mi hermano, fue ese pueblo quien me trajo comida, me secó las lágrimas y escuchó mis llantos de dolor. Pasamos años compartiendo el desayuno durante los estudios bíblicos, limpiando las manos pegajosas de nuestros hijos después de comer y acorralándolos en los parques donde pasábamos horas compartiendo nuestras victorias y nuestros fracasos.

Y cuando llegó el momento de construir nuestra casa, la convencí a mi cuñada de que construyera una casa junto a la mía. Nuestros hijos atrapan sapos y lagartijas juntos, buscan tesoros en el bosque y se olvidan a cuya casa pertenecen.

En mi búsqueda para encontrar al pueblo, me convertí yo misma en el pueblo que anhelaba.

Cuando luché contra el cáncer y mi vida se desmoronaba en temporadas de desesperación y supervivencia, las mujeres que me tomaron de la mano me amaban y me cuidaban.

El pueblo atraviesa temporadas de cambios que pueden amenazar su propia existencia. A veces es bullicioso y lleno de vida. Otros días, las amenazas de soledad tienden a persistir; preocupaciones y dudas que consumen mi tiempo. Pero cuando siento que se me escapa, puedo buscar el fuego de la aldea: añadir un tronco y avivar las llamas. Y a medida que algunas amigas se mudan y cambian, siempre hay espacio alrededor de la fogata de mi pueblo. Hago muchas preguntas y planeo cosas. Si una me responde con un “no, hoy no”, eso no me desalienta porque sé que tú también extrañas el pueblo.

Todos lo extrañamos.

Así que no esperes a que tu pueblo te venga y te encuentre.

TÚ, amiga mía, eres el pueblo. Y el pueblo también te necesita a ti.

 
 

Hi! I’m Amy…

I am a stay-at-home mom with a passion for books, baking, gardening and homeschooling. My calling to write stems from the desire to share the depths and vastness of grief and suffering, and how to point it back towards an eternal perspective through Jesus. Called to live full and grace filled lives, I hope to acknowledge pain, inspire joy through brokenness and find purpose in the beauty, the ugly and the mundane of parenting day to day. 

My husband, Ryan, and I live in Charleston, SC with our 4 busy boys, 2 dogs and constant influx of tadpoles, frogs, crayfish and lizards.