Dolor de Mares

Jan 10, 2022

Hace siete años, la vida de mi hermano llegó inesperadamente a su fin. Cuando solo has vivido hasta los 24 años, siete años es mucho tiempo.

Unos meses antes de que me llegaran esas noticias devastadoras, me había mudado a la ciudad de Charleston, donde la costa y el mar se convirtieron en una parte muy importante de mi vida. He aprendido mucho sobre el dolor y el mar en los últimos siete años, y el uno me ha ayudado a entender al otro.

El mar, como el sufrimiento, es constante. Siempre estará ahí. El poder y la influencia que tiene sobre aquellos de nosotros que nos encontramos a su orilla nunca desaparecerá. Pero la forma en que se presenta cambia día a día, y nuestro manejo de su naturaleza determinará su grado de daño.

A veces baja la marea y la playa se seca. Las olas siguen siendo reales y presentes, pero son lo suficientemente suaves como para dejarlas rodar sin causar daño. Durante esos momentos, puedo enfrentar la brisa, tomar el sol y sentirme en paz con la inmensidad y lo invisible. El mar así como el sufrimiento, parece estar domesticado y controlado.

Otras veces puedo ver una tormenta que se avecina en la distancia. Las señales de nubes negras, vientos intensos y aguas oscuras pueden prepararme para lo que se viene. Son los cumpleaños y aniversarios. Los hitos y las noticias no compartidas que jamás se podrán contar. Las tormentas son difíciles de capear, pero estoy aprendiendo a prepararme para ellas. No son tan aterradoras y abrumadoras como solían ser antes, y se mejor cómo sobrevivir esas aguas turbulentes.

Luego están las olas.

Son las olas gigantes que se forman en un día soleado, provocadas por un retumbar distante en la Tierra. No se sabe cuándo sucederán o qué tan fuertes serán. Pero por lo general se van tan rápido como llegaron, y yo me quedo hecha jirones y temblando bajo un cielo azul y soleado. Es el recuerdo inesperado o la conexión aleatoria. Las emociones que surgen de la nada me dejan desesperada. Como cuando escucho el sonido de una ambulancia y mis amados no responden mis llamadas. O el sabor de una comida favorita; el olor de algo familiar. Esos momentos me han dejado llorando en mi auto o acogida en el piso de mi cocina, la vida fluyendo a mi alrededor, sin darse cuenta de mis manos temblorosas; mi corazón destrozado. Es difícil explicar esa ola grande y dolorosa cuando se ha desaparecido antes de que tuviera la oportunidad de siquiera reconocer su presencia sobre mi.

A veces, estos desencadenantes se sienten irracionales. Son irritantes y un nuevo recordatorio de que el mar nunca podrá ser domesticado. Esas olas no son tan frecuentes ni tan fuertes como antes eran; pero el mar siempre estará ahí, y así se manifestará su naturaleza hasta el fin de los tiempos.

Y mientras el dolor va y viene como el reflujo de una marea, su hermana – el temor – acecha justo debajo de esas aguas turbias. Temor a que todos los que amo seran tragados por el mar. Temor a que esta ancla que me sugeta en las profundidades se rompa en algún momento, enviándome en espiral a través de corrientes desconocidas. Y como el océano … como el dolor … el miedo muestra su cara fea en todas esas formas familiares.

La paz de la calma cuando todo está bien.

Las tormentas que se vienen creciendo en preparación para lo que está por venir.

Y luego vienen las olas, rompiendo sin sentido a través del tiempo y el espacio.

Olas de tempor paralizantes e impredecibles.

Si te encuentras a la orilla del agua, no te cada mucho que hacer salvo aprender a leer las señales, observar los horizontes y construir tu refugio en tierra firme.

El mar no cambiará y tampoco se irá a otro lugar. Es constante, vasto, inmovible e implacable. Al final, mi manejo de su influencia sobre mí y mi elección en que fundar mi casa son lo que resistirán la prueba de esas tormentas.

Estos últimos años mi fe ha sido más maltratada que nunca. Una fe que se me venía tan fácilmente se convirtió en un rastro del desierto. Las oraciones que solían fluir libremente parecían infantiles e innecesarias.

Pero Dios aún no ha terminado conmigo.

Pensé que a estas alturas seria tiempo suficiente para domar los mares.

Pero lo que he aprendido a lo largo de este tiempo es que solo yo puedo determinar en qué se convertirá el océano para mí.

La promesa de una base firme nunca incluyó un refugio contra las tormentas. Puedo gritar a los vientos y azotar las olas, agitando mis puños ante las mareas que buscan ahogarme. Pero ni una sola vez se me fue prometido un refugio libre de tormentas.

“Y cayó lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos y golpearon esa casa, pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre la roca”. Mateo 7:25

No me gusta vivir a la orilla del agua. Estoy cansada de tener que proteger mi casa contra tormentas. Anhelo prados de flores silvestres y cerros altos. Sueño con estar en el cielo. Pero hasta entonces, este viaje por la orilla del agua continuará enseñándome, creciendo y haciéndome más como Aquel que calmó los mares tormentosos.

Hi! I’m Amy…

I am a stay-at-home mom with a passion for books, baking, gardening and homeschooling. My calling to write stems from the desire to share the depths and vastness of grief and suffering, and how to point it back towards an eternal perspective through Jesus. Called to live full and grace filled lives, I hope to acknowledge pain, inspire joy through brokenness and find purpose in the beauty, the ugly and the mundane of parenting day to day. 

My husband, Ryan, and I live in Charleston, SC with our 4 busy boys, 2 dogs and constant influx of tadpoles, frogs, crayfish and lizards.