Amor Propio

Oct 25, 2021

La semana antes de terminar mis quimios, mi esposo, Ryan y yo salimos juntos en una cita matrimonial muy deseada. Habiamos pasado meses sin habernos ido a algún lugar juntos que no involucraba un hospital, un centro de infusión, el consultorio del doctor, o el supermercado.

Mis suegros se llevaron a nuestros hijos por el día, y nosotros dos nos condujimos hacia un restaurante de un club de golf con vista al océano. El cielo estaba azul, el sol de primavera cálido, y la sal en el aire nos recordó lo bueno que es tomar estos descansos en medio de la rutina y las pruebas de la vida

Mientras caminábamos por la arena y luego nos meciamos en el porche, esperando a que llamen a nuestra mesa reservada, pensé: “Aahhh… nos merecemos este día. Nos lo merecemos TOTALMENTE. ¡Voy a pedir un aperitivo y una ensalada de carne asada, y me quedaré aquí todo el tiempo que quiera! “

Ahora – escúchame bien. Si alguien merece decir esas palabras, es una paciente con cáncer, ¿verdad?

Durante los últimos seis meses, se me habian hecho una mamografía, una biopsia, 2 cirugías, 3 escanes, 1 colocación de puerto y 7 infusiones de quimioterapia. Luego, tendria 28 rondas de radiación, una cirugía mas, y 10 años de supresión hormonal que obligará a mi cuerpo de 34 años a entrar en una menopausia permanente con la esperanza de suprimir las células cancerosas restantes que no fueron erradicadas con todo mi tratamiento. Eso es sin mencionar las docenas de citas médicas, miles de dólares en facturas médicas, innumerables noches de insomnio, efectos secundarios de medicamentos, cambios corporales, puñados de píldoras y suplementos, y los temores y ansiedades siempre presentes en la rutina diaria de una paciente con cáncer.

Nuestra última cita juntos los dos había sucedido hace más de 7 meses atrás antes de mi diagnóstico. Así que ah-ja, sí … ¡por supuesto que nos “merecíamos” esto! Pero mientras me sentaba allí meciéndome a la luz del sol, se me vinieron a la mente algunos pensamientos sobre mi actitud y mi elección de palabras.

Mirando hacia el pasado, a cada surgimiento y caída de imperios y civilizaciones, nosotros los humanos hemos demostrado ser criaturas bastante predecibles. Nuestras épocas, culturas, y valores difieren de tiempo y lugar, pero tendemos ciertos rasgos que se establecen entre nosotros sin importar dónde o cuándo nacimos.

Todos fuimos creados a imagen de un Dios asombroso y perfecto, por lo que se da de razón nuestro profundo deseo de algún día alcanzar un nivel más alto de humanidad mejorada. Desde el principio, queremos “SER COMO DIOS”. Es el detalle que nos metió en este lío pecaminoso en primer lugar.

Luego, después de nuestro intento fallido en el jardín, intentamos construir una torre que alcanzaría los cielos (la torre de Babel). Desde los antiguos faraones que construyeron majestuosas pirámides, hasta el vecino pintando su casa, continuamos esforzándonos y trabajando duro para nuestra propia realización personal. Nos sacrificamos a toda costa para convertirnos en mejores versiones de nosotros mismos. Sin embargo, nuestros intentos fracasan una y otra vez y seguimos fallando. Y hoy, no es la Torre de Babel o la fruta prohibida que nos distrae, sino es la exultación de nuestra propia imagen personal.  

Algo que me ha llamado la atención recientemente ha sido el estímulo o el impulso hacia el “amor propio” que se ve en cada rincón del globo. Lo ves en la mercancía en las tiendas: “Más amor propio”, “Sé auténtico”, “Sé tú”, así como en los miles de “selfies” diarios que se comparten a través de las redes sociales. Se nos ha denominado la generación de “selfies”, ya que el mundo se vuelve cada vez más egocéntrico. Nos alientan a bajar de peso, hacer yoga, tomar un baño relajante, enfocarnos en nuestros propios sueños y deseos, y hacer lo que nos haga sentir bien. Todo el hablar de hoy se trata de las cosas que me hacen feliz y hacen una mejor versión de mí mismo. Nuestras bibliotecas están llenas de libros sobre superación personal y “Los 7 pasos para convertirse en un mejor usted”.

Nos hemos convertido en una sociedad que valora la autenticidad y la individualidad hasta el punto que todos estamos luchando por ser esa persona “única y rara” que transmite confianza y pone sus necesidades personales por encima de todo. Hoy en día, puedes hacer lo quieras, ser quien quieras; ya sea carrera, religión, opiniones políticas, orientación de género o creencias morales.

Este movimiento ha sido una bendición en algunos aspectos. Nos estamos examinando más de cerca. Nuestro enfoque interno nos ayuda a tomar conciencia de la belleza de nuestras almas, así como de las áreas que podemos mejorar. ¡Y honestamente, me encantan los “selfies” que tomo y los que son compartidos por amigos que extraño ver más de frecuente! Hay mucho de lo cual podemos valorar. Y el autocuidado SI ES importante. Jesús mismo tomó tiempo durante su ministerio en la Tierra para alejarse de las multitudes, descansar, pasar tiempo con sus amigos más cercanos, y hablar con su Padre celestial.

Marcos 12: 30-31 dice: “Y amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amaras a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos.”

Tendemos leer ese versículo y centrarnos en el mandamiento de amar a Dios y a los demás, pero generalmente pasamos por alto la parte donde Dios nos recuerda algo importante – que ya nos amamos a nosotros mismos, y ese amor es un amor profundo. Es un sentimiento que se nos ha sido programado, y es el sentimiento que Dios uso como punto de referencia para medir nuestro amor hacia los demás. Dios sabe que te amas mucho, y quiere que ames a otros de tal manera.

Puede ser que algunos no tienen formas saludables de demostrar ese amor propio, pero el hecho y el asunto es que realmente NO necesitamos más aliento para amarnos a nosotros mismos. Al menos en los métodos egoístas que nuestro mundo continúa alentándonos a seguir.

Yo tengo 4 hijos pequeños, y en mis 9 años de ser madre, me di cuenta que ni una sola vez he tenido que enseñarles amor propio. ¡Ya lo hacen! Desde el minuto que toman su primer aliento y gritan con hambre y frio.

Poner a los demás primero no es algo que se les viene naturalmente. ¡Solo observa la reacción de un niño de 2 años a quien le acaban de pedir que comparta su juguete favorito! Todos lo reconocemos y sabemos que, en verdad, es una lucha continua contra el deseo de envolvernos solo en nuestros propios deseos personales.  Aun así, el enemigo ha encontrado mas razón para convencernos a que pongamos nuestro bien estar en la mas alta prioridad.

Si – Jesús practico amor propio. Se durmió durante una tormenta cuando más lo necesitaban. Dejaba atrás a sus seguidores para irse de solo a orar y descansar. Pero hay una gran diferencia entre el acto de buscar la realización personal, y el acto de dirigir tu mente y tu corazón hacia tu Fuente de Vida. Aquí es donde empezamos a batallar en contra de nuestro diseño original. Los seres creados estamos nuevamente negando la necesidad de nuestro Creador, y empezamos a comprometer la moral y los estándares éticos en nombre de la individualidad y el amor propio.

Pero el Reino de Dios trabaja al revés.

Si queremos ser individuos originales de corazón y mente fuerte, nuestro enfoque no debe encontrarse en nuestro propio esfuerzo al mejoramiento personal. Jesús nos ha llamado a vaciarnos ante EL para que su Espíritu tome forma en nosotros. Cuando recurrimos a Cristo como nuestra fuente de realización, recibimos una fuente de vida sin fin que no puede ser sacudida o vaciada por las cosas de este mundo. A medida que nos volvemos menos, Él se vuelve más, y comenzamos a comprender que nuestras ambiciones y rutinas de autocuidado son mucho más grandes que nuestra propia realización personal.

Y paso a paso, nuestra mentalidad cambia.

Descansamos nuestros cuerpos porque somos instrumentos del Dios viviente que nos ha llamado a ser sal y luz en este mundo.

Mejoramos nuestro matrimonio porque somos el reflejo de Cristo y su iglesia.

Amamos y perdonamos a los demás, no porque nos haga sentir mejor, sino porque estamos actuando en obediencia.

Aprendemos un nuevo idioma, tocamos un nuevo instrumento, leemos un libro, disfrutamos un pasatiempo, logramos un reto…. todo…. porque anhelamos últimamente darle gloria a Dios. Nuestros hábitos y acciones no cambian mucho, pero nuestra perspectiva es radicalmente transformada en una de postración.

Tu llamado es más alto.

No estas caminando y viviendo en esta Tierra para convertirte en un grande y competente humano. Estas aquí, lleno de vida, para el placer y la alegría de un Dios amoroso que anhela llevarte a la finalización a través de Él; y lo hace vaciándote a ti mismo y todo lo que consideras éxito y logro. Solo entonces su Espíritu puede llenarte hasta el punto de desbordarse, y el desbordamiento es lo que trae esperanza a un mundo herido y tan consumido consigo mismo que le hace falta la certeza de una eternidad con El.

Así que la próxima vez que me encuentre pensando en cuánto merezco que las cosas buenas se vengan hacia mí, estoy decidida tomar esos pensamientos de derecho y convertirlos en vez en pensamientos de gratitud.

Ese día de nuestra cita, termine pidiéndome el aperitivo y la ensalada de carne asada. Nos quedamos allí junto al mar toda la tarde. ¡Y definitivamente vamos a planificar estos días de descanzo con más frecuencia! Esas cosas buenas en nuestras vidas no cambiarán; pero es mi mentalidad la que lo hará.

Porque hay una satisfacción mayor en la vida cuando te das cuenta de que algo hermoso que has experimentado no es porque tengas derecho a ello, sino porque es un regalo inmerecido. Mis manos están vacías. Nada es realmente mío y, a veces, se necesita un paseo por la arena para recordarme que una postura de gratitud siempre es mejor que una de derecho.

Así que entonces, mientras el mundo nos anima a decir “¡Lo merezco! ¡Ponme primero!” nosotros los que vivimos en un reino que no es de este mundo nos postramos ante el Sirviente que renunció su posición al lado del Dios viviente. Se vació a sí mismo, adoptó una forma humana débil y limitada, todo por ti y por mí.

Realmente no hay mayor amor que este.

Hi! I’m Amy…

I am a stay-at-home mom with a passion for books, baking, gardening and homeschooling. My calling to write stems from the desire to share the depths and vastness of grief and suffering, and how to point it back towards an eternal perspective through Jesus. Called to live full and grace filled lives, I hope to acknowledge pain, inspire joy through brokenness and find purpose in the beauty, the ugly and the mundane of parenting day to day. 

My husband, Ryan, and I live in Charleston, SC with our 4 busy boys, 2 dogs and constant influx of tadpoles, frogs, crayfish and lizards.